Luis lleva once años sirviendo mesas. Si le preguntas por su trabajo, no te habla de bandejas: te habla de memoria y de carreras. Memorizar quién pidió qué en la mesa 8 mientras la 5 le hace señas. Apuntar en papel, repetirlo en cocina, rezar para que nadie cambie de idea a mitad. Y luego, la peor parte del turno: la cuenta.
Calculadora mental, cola en el datáfono, viajes de ida y vuelta a la caja. Y si algo salía mal —un plato devuelto, un cobro equivocado— empezaba el verdadero papeleo: rehacer el ticket a mano, discutir la devolución, apuntar en una libreta lo que después nadie recordaba cuadrar. Cada error era suyo. Cada minuto en la caja era un minuto que no estaba en la sala, que es donde de verdad se gana una propina y se fideliza a un cliente.
Y entre tanto fuego que apagar, lo básico se quedaba siempre para el final: cámaras a medio recargar, cristalería sin repasar, mesas que se montaban con prisa. El servicio siguiente empezaba ya en deuda con el anterior.
Y estaba, además, la escena de cada noche: las 23:55, la cocina recogida... y una mesa pidiendo un solomillo con la carta en la mano. Tocaba dar la cara —"lo siento, la cocina ya está cerrada"—, aguantar la mala cara del cliente, o peor: colar el pedido y alargarle el turno a todo el equipo.